Enrique G. Bukaczewski
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enriCUENTrOS: Los cuentos de Enrique G. Bukaczewski  

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versión #1 - Puesta en línea: 01/12/2007 - Última actualización: 17/08/2010 - © 2007-2008 Todos los derechos reservados

 
 


 

ESTACIÓN

 

Ella que recorre el tren con pie leve. Lo recorre ágil, flotando, desde el último vagón al primero, buscando alguna puerta que abra antes de que arranque.

Llega al primer vagón y pasa por al lado del asiento de él. “¡No, otra vez no!” piensa o dice. “Quiero bajar, necesito bajar… ¿Vos no querés bajar? ¡Tenemos que salir…” Él, como casi siempre, la mira de arriba abajo; irónico, le responde que ya es tarde, que no tiene sentido.

El tren arranca, Ella, quejosa, insinúa que en casa estarán preocupados, que ya pasó demasiado tiempo, sólo para recibir una respuesta que, precisamente por darle la razón, la desespera aún más: “Si ya pasó mucho tiempo, ¿qué problema te hacés? Las puertas no van a abrir, te preocupes o no. Ahorrate el trabajo; yo, por mi parte, ya no me caliento más”.

El vagón cabecea de un lado a otro. En un pasillo atestado y vacío, sin vendedores ni guardas, el único sonido es el del tronar de las ruedas contra las vías.

Ella mira hacia arriba, como buscando aire: “¿No te parece que hace calor aquí?”, parece preguntarle. Ya no recuerda desde cuándo no giran esos ventiladores. Él le señala con los ojos las ventanillas sin persianas, muchas sin vidrios. No entiende por qué se queja de todo, siendo que nunca se estuvo mejor, sin preocuparse por nada, y en su caso dando rienda suelta a su desinterés por el mundo, su perpetuo veneno, esa casi invisibilidad para con todo el pasaje. Aunque siempre tuvo la impresión de que era exactamente al revés, que era a él a quien siempre ignoraron.

Afuera las luces huyen a ciento veinte kilómetros de velocidad. La formación es un ente fantasmal, endemoniado, saltando sobre rieles sin mantenimiento y pasos a nivel mudos de campanillas. Ella se sienta, delicada, en un lugar cualquiera cerca de él. Reflexiona o dice que todos los pasajeros tendrían que quejarse, que no puede ser que nadie reaccione. No cree, no acepta ser la única que se da cuenta del problema; le parece inexplicable que nadie quiera bajar, que no tengan familias que se preocupen. “Si ellos quieren quedarse, sus motivos tendrán.”, responde él. “A mí me da igual, así que me quedo; no tengo ningún apuro.”

Por las ventanillas transcurren largos parches de oscuridad salpicados por algunas luces amarillas. Ella, con la vista perdida en el vidrio, se da cuenta de que el tren está disminuyendo la velocidad: de repente cae en la cuenta de que está frenando en esa estación. El único motivo que la mantiene con esperanzas, con algo parecido a una expectativa en ese tren de indulgentes. “Nunca hay que dejar de intentarlo.” Dice o piensa, se levanta de golpe y corre hacia la puerta más cercana. La de siempre.

Y ahí está.

El pibe de gorrita. El mismo pibe de gorrita de todas las noches, sentado en el mismo banco, con la mirada fija en ella, que golpea el vidrio desesperada pidiéndole ayuda. El pibe no hace más que mirarla, clavado al único banco que sobrevive en la estación, los ojos bien abiertos, sin parpadear. Ella grita, pide ayuda, quiere salir. Un minuto y el tren arranca de nuevo. El pibe la ve alejarse sólo girando la cabeza, como no queriendo perder detalle, casi fundido al banco de cemento.

Dentro del vagón ella se queja, llora, se indigna. “¡No puede ser que no funcione ni una sola puerta!”, grita en silencio y vuelve al asiento. Él tiene la mirada despreciativa de costumbre; no hacia ella, sino en general, casi hacia la vida. ¿Cómo le explica, de modo que entienda de una vez y para siempre, que lo único importante es que los conductores tengan trabajo? ¿Cómo hacerle entender que, después del desmantelamiento, con que funcione la tracción y los frenos es suficiente?

Y tal vez ella lo comprenda, aunque no pueda concebir algo tan básico como es que el tren siga manteniendo religiosamente todas las paradas, estaciones sin uso, páramos desiertos desde donde, si nadie puede bajar, qué sentido tendría esperar subir. La mirada sucia de él parece indicarle: “si no, ¿cómo cobrarían el subsidio?”

El tren vuelve a tomar impulso. Acelera casi hasta el punto de la desintegración. Martilla sobre rieles sin durmientes.

Él sigue: “Habrás notado que ni las luces del techo encienden.”, pero se da cuenta de que ella está en el último vagón, mirando al puntito blanco, la gorrita del pibe, allá atrás en la estación.

La isla de luz se pierde en la noche. Cuánto tiempo más tendrá que pasar, se pregunta ella. Casi tiene envidia del desinterés de todo el pasaje. Hasta casi también de la sorna de él, a pesar de haber resultado una gran decepción, tras haberse ilusionado en un principio con que era el único que la comprendía. Sí, cuánto tiempo más tendría que pasar, o mejor dicho qué. A falta de puertas, piensa, la única salida tendría que ser un cambio de actitud, algún tipo de resignación, algo de la pasividad que practican todos los demás, algo de la ironía de él.

La formación sigue a velocidad máxima. Antes de que consuma el tramo que lo separa de la próxima parada, el pibe de gorrita estará una vez más intentando explicarle desesperado y a los gritos a su fastidiada madre, cómo fue que la chica transparente pasaba a través de esqueletos y asientos y golpeaba la puerta del vagón pidiéndole ayuda para salir. Igual que todas las noches a esa hora, en ese mismo tren. 

02/01/2007

ENRIQUE G. BUKACZEWSKI
e-mail: enrique.g.b@gmail.com

 

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HIBERNACIÓN

 

En el entrecortado comienzo de clases del ’76, uno no entendía muy bien lo que querían hacer en la escuela. ¿Se había adelantado la Semana Santa? ¿La maestra de cuarto ya empezaba a faltar?

Con los días fuimos entendiendo lo del nuevo gobierno, y a nuestro alrededor hubo personas que nos explicaron que “hacía falta, para que ya no haya más gente dando vuelta colectivos y prendiéndoles fuego”. Qué lindo, en la tele ya no se veía más violencia que la de las series.

Luego, el ’82 y el fiasco de que nuestro amigo del Norte (sí, el de las barras y las estrellas) nos abandonara en el partido contra el equipo de Su Majestad (peor aún, que jugara con la otra camiseta) nos puso en alerta.

Entonces salimos del letargo y comenzamos a mirar hacia atrás.

Cuando llegó el nuevo amanecer al año siguiente, ya estábamos lo suficientemente despiertos como para poder asimilar nuevos conceptos: desaparecidos, tormentos, treintamil, hijos sin padres, padres sin hijos, casas sin padres ni hijos ni abuelos, exilios. Conceptos que se contraponían a otros tales como “en algo andaría”, “ellos no se equivocaban al llevárselos” o “esperá un par de años y vuelven”.

Pero lo que más nos sorprendía era la casualidad de una democracia tras otra en América Latina; a la inversa de diez, quince años antes.

Hoy podemos hilar tan fino como nos sea posible, llámese plan del Norte para imponer su modelo de dominación económico/ cultural, capitalismo salvaje o multinacionales, y nos preguntamos hasta cuándo seguiremos sorprendiéndonos con métodos, políticas de estado y teorías…

En realidad nos preguntamos si sólo de nosotros dependerá que no nos sorprendan nunca más. 

03/2004

ENRIQUE G. BUKACZEWSKI
e-mail: enrique.g.b@gmail.com

 

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PERORATA PRINCIPIAE

 

Hay quienes creen que el arte –sobretodo la literatura- debería ser utilitaria, “servir para algo”, estar “comprometida” con la realidad. Pero, ¿literatura comprometida, o compromiso con la literatura?

Dudo que el arte tenga la obligación de solucionar los conflictos de la realidad. En todo caso sí la de exponerlos, tratando de movilizar algo en el destinatario, que en definitiva es quien tiene el poder de solución. Y la única manera de alcanzar esto es liberándolo del lastre de esos hábitos nocivos, petrificados, adquiridos a lo largo de mucho tiempo. “Sacudirle la estantería”, y de ser posible convertirlo de mero espectador en partícipe necesario.

Abelardo Castillo reflexiona que el sentido de la literatura es imaginarle un sentido al mundo, y por lo tanto al escritor que la escribe. Ni más ni menos que construir la Utopía, el no- lugar. Al parecer, el único posible.

REVISTA “SOBRE EL TECLADO”

ENRIQUE G. BUKACZEWSKI
e-mail: enrique.g.b@gmail.com

03/2003

 

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PROPORCIONES Y CONTRAPESOS

 

“¿Instinto de supervivencia o amor innato?”, se preguntaba, mientras la mano de diez días de su hijo dormido, acostado a su lado, le apretaba el pulgar. Se resistía a creer en un simple instinto, por lo que prefería que fuera más cierta la segunda posibilidad.

El aferrarse inconsciente y firme de los mínimos dedos le creaba la paradoja de que casi agradeciera al viejo Nigro por no haberle terminado la cuna.

Comenzó a poner varios factores en la balanza. En un platillo, que el viejo estaba tardando todo ese tiempo por culpa de la artrosis, que no le dejaba mucho margen de movimiento en la mano derecha. No le pareció justificativo válido, porque en el otro platillo estaba que el encargo le había sido hecho ni bien Vivi le confirmara la llegada del nuevo integrante a la familia.

Volvió al primer platillo y puso que una jubilación a punto de otorgarse es lo mismo que cero, y nadie va a reparar gratis el motor de la sierra, ni tampoco la lijadora… Casi enseguida se dio cuenta de que en el otro lado estaban los sucesivos adelantos que finalmente se habían convertido en el pago de la cuna por adelantado.

Un tercer factor se le ocurrió poner en la balanza, a ver si con éste se producía un desequilibrio: “El viejo también tiene que comer…” , pero al instante todo volvía a nivelarse. La incomprensible actitud de don Nigro de rechazarle esas ollas de guiso a la vecina del fondo, argumentando sus cinco hijos y su falta de marido, no cerraba por sí sola. Viviana misma había recibido similares y corteses rechazos, cada vez que le ofrecía alguno de sus fabulosos estofados. “Tenés que comer por vos y por él”, le decía don Nigro señalándole la panza. Se sumaba que prácticamente nunca aceptaba una invitación a almorzar.

“¿Instinto de supervivencia o amor innato?” Con la presión de esos dedos en miniatura sobre su pulgar, dejó la balanza de la justicia a un lado. Al fin y al cabo, que fuera él quien le comprara decenas de veces los insumos a don Nigro, no le impedía haber comprado en otro lado una cuna terminada y funcionando de una vez por todas, y que el viejo se guardara la plata. (“que le aproveche”). Aunque no era menos cierto que los irrisorios precios de Nigro sólo justificaban polenta, fideos y poco más. Y aquí era donde volvía el tema de la vecina, el estofado de Vivi…

Era un círculo vicioso sin remedio. Agarrárselas con un viejo que vive en un laberinto de maderas sin procesar y bajo un cielorraso de goteras, tampoco justificaba su propia actitud de no comprar la cuna en cualquier mueblería.

Hubo otro fugaz instante de incredulidad al comparar en tamaño su mano con la de su hijo. “A no desesperarse. Un día de éstos la termina, ya me va a avisar”.

10/2003

ENRIQUE G. BUKACZEWSKI
e-mail: enrique.g.b@gmail.com

 

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NACHO EL CAZADOR

 

1 - OCURRENCIA

 

Siempre me pasa lo mismo Cuándo será el día en que no vuelva de noche... es que me da no sé qué cortarle el monólogo a Nacho.

Me pregunto desde qué época venía el gordo incubando lo de la máquina. Antes fue la bicicleta con velas, y antes el reloj pulsera de sol, y antes... Podría remontarme hasta el Bicentenario, aunque si para esa época no pudo inventar los superfuegos artificiales para los festejos, es porque todavía no había nacido.

Sólo espero que esta vez la puesta en marcha sea más exitosa. O por lo menos que sea puertas adentro, no como fue con la bicivela, Plaza Jacarandá a mitad de Agosto y un viento insaciable que tumbaba carteles, y encima la disyuntiva sobre a qué tenerle más miedo: a tentar a la suerte exponiendo así el vehículo o a que vieran a dos tipos grandes haciendo papelones, Sobretodo cuando llegó esa racha de viento cruzando el mástil trasero que se quiebra, la vela de cola enredándosele a Nacho en la cabeza, y los dos sin fuerzas por cagarnos tanto de risa.

Bicivela, vaya y pase; después de todo logró hacerla funcionar. ¡Pero una Máquina de Capturar Instantes…!

La Luna blanquea la mitad de la calle. Debo parecer un marciano o un demente, las ocho de la noche y todavía dando vueltas por ahí.

Por fín llego a mi vereda y noto cómo me mira ése que está apoyado en el árbol. Y claro, andar a esta altura de la noche exhibiendo las zapatillas de lona, tan suelto de cuerpo, no es ni de marcianos ni de dementes: es de irresponsables.

 

2 - CASILLERO

 

Hace mucho, muchísimo tiempo que busco el casillero en donde ubicar a Nacho. ¿Inventor? Para eso es necesario que le hayan funcionado al menos la mitad de las invenciones. ¿Loco? No, tampoco es para tanto. ¿Bohemio? Sí, puede ser, pero...

Soñador. eso estaría más acertado. Aunque pensándolo bien, tampoco reúne todas las condiciones: ni mente dispersa ni espíritu romántico; únicamente las ilusiones del cambiar el mundo con un par de transistores. Bah, eso no lo digo yo, lo dice Julia. Todas las noches cuando vuelvo a casa, después de retarme porque me dejo entretener con la cháchara del gordo.

Me dirijo a lo de Nacho por inercia, siguiendo el surco que hice durante años. Esta galería natural, una hilera de árboles que cubre las cinco cuadras de avenida desde la estación hasta su calle. Doblo la esquina y paso el almacén hasta la segunda casa. Toco timbre y espero bastante. Toco timbre de nuevo.

-¿No saben si está Nacho?- les pregunto a tres pibes que toman cerveza en la puerta del almacén. Ellos me miran fijo desde el piso, pero ninguno contesta.

Pensé que ya no venías- escucho más allá.- A las cinco, te dije.

-¿Y qué hora es?

-Cinco y cuarto.

Me olvidaba: desde que le falló el reloj pulsera de sol, anda obsesionado con la puntualidad.

A lo largo del pasillo, mientras lo sigo rumbo al galpón (el “laboratorio”), el gordo desgrana explicaciones.

 

-Ya está casi terminada, ahora la vas a ver. ¡No sabés lo que peleé para conseguir todo! Al principio los del desarmadero no me querían hacer precio, pero como los amenacé con irme hasta la feria de Serrano, al final aflojaron un cuarenta. Saben bien dónde les aprieta el zapato, estos desgraciados; sin mí se pierden la mitad de las ventas. Decí que la feria me queda lejos, porque sino...

A la explicación de negocios le siguen los detalles técnicos, descripciones, componentes conseguidos y por conseguir. El pasillo es larguísimo y Nacho no para de hablar. Yo pienso que este atorrante lo hizo así de largo a propósito, para poder lucir el discurso preliminar de cada invento con las visitas, antes de la muestra.

¿Cómo interpretar los arranques que tiene a veces? Por ejemplo el día en que Rocío se largó a caminar (ya está el abuelo baboso). Me acuerdo de que la llevamos al parque de diversiones, y en todo ese rato el tipo no dejó de encontrarle defectos al sistema de compra-venta. ¡El sistema de compra-venta, nada menos! Según él, había (o hay) que cambiarlo porque así como está no sirve.

- Vos fijáte- se posesionó-. Hoy Fulano se compra un televisor, o una cortadora de césped o lo que se te ocurra. mañana los muchachos del fondo, los de este barrio o de cualquier otro, lo rescatan y se lo venden a Mengano. Pasado, ese mismo televisor o cortadora vuelve a ser rescatado y pasa a Zutano, y así sucesivamente, sin contar los que tuvieron que comprar Fulano y Mengano por esa misma vía para recuperarlos, y que a su vez el primer televisor de Fulano ya era de alguien… ¡No puede ser, viejo! ¡Alguien tiene que hacer algo, o el parque de artefactos va a terminar envejeciéndose!

Siempre que tengo que explicar una obviedad, lo primero que me sale es una guarangada, así que preferí usar la didáctica. Tardé un minuto largo en armar la respuesta.

-Decíme, Nacho: ¿Cuánto hace que no se fabrican bienes?

-Qué se yo...Desde que el tren dejó de ser eléctrico, por lo menos.

-Bien. ¿Y no te parece, digo, se me ocurre, que con lo poquito que se importa ya es suficiente para la renovación cada tanto?

-Sí, puede ser, pero...

-¿Y no te parece también que con la competencia de precios entre los muchachos el comprador siempre sale ganando? Sin contar el regateo. ¿O preferís que vuelvan los negocios con vidriera?

El gordo dejó que mis palabras escurrieran de a poco antes de responder.

-Perfecto. Competencia de precios, regateo, bla bla bla. Pero yo voy a otra cosa.

Ahí colgué los botines. La “otra cosa” de Nacho podía ser cualquier cosa, así que me dispuse a buscar en silencio la excusa justa para zafar, porque cuando el gordo se empaca...

Yo la estaba llevando a Rocío sobre los hombros, muerta de risa porque me había enchastrado con helado. En ese entonces Nacho todavía no hablaba sobre capturar instantes.

Afortunadamente, el sol que declinaba y los pocos chicos que iban quedando en los juegos, que giraban cada vez más lento, me dieron la excusa que buscaba:

-Vamos que oscurece.

Ahora, cuando Nacho está a punto de abrir la puerta del Laboratorio y agrega no sé qué cosa de un emisor de onda corta, me distraigo pensando que sí, que todo junto: inventor, loco, bohemio y soñador. Aunque a esta altura qué sentido tendrá que me lo siga preguntando.

 

3 - CAPTURA

 

Ir a pie a todos lados por falta de la moneda para el colectivo, es buena terapia para combatir el stress del desempleo. Todavía tengo diez cuadras para que se me asiente en la cabeza todo lo que me mostró y explicó el gordo en esa habitación llena de circuitos, aunque ni diez cuadras ni diez kilómetros me alcanzarían; nunca me llevé con la ciencia y la tecnología.

Parece tener razón- al menos está muy confiado-,pero no entiendo de qué manera piensa modificar las leyes que inventó Einstein para que el tiempo transcurra, o por qué los cables, ese atado de tallarines multicolores, coiciden todos en una antena parabólica, de esas que se usaban para televisión. O cómo dentro de dos días, según tiene planeado, piensa encender la máquina sin sacarla del galpón.

Por la avenida, las tejas de los chalets y los árboles relucen con el tono dorado del atardecer. La hora en que las hadas todavía duermen, dice siempre Nacho.

Entro en Plaza Jacarandá justo por el sendero en que probamos la bicivela, hará dos años. Me lo hizo recordar un tipo en bicicleta que casi me atropella. Lleva un cortarrejas en el portaequipaje, de algún lado lo están llamando a los chiflidos.

La primera vez que Nacho me mostró el proyecto de su máquina, estabamos en el jardín de casa. A juzgar por cómo reaccionó, se me debe haber notado la cara de escéptico, amén de la pregunta.

-¿Y qué uso le darías?-dije.

-¿¿Cómo qué uso??-levantó presión-. Si te digo que es una Máquina de Capturar Instantes, ¿¿para qué te parece que puede servir??

-Te entiendo, Nacho, pero eso ya existe -me volvió a salir el instructor-. Son de este tamaño -saqué el paquete de cigarros-, no como el mastodonte de tu dibujo.

El gordo resopló, hizo un alto como para juntar paciencia, se acomodó en el tronco.

-Vos hablás de capturar nada más que imágenes.

-Y también sonido...

-¡Sí, sí, pero yo te hablo de algo que va mucho más allá! O mejor dicho, más acá. El nombre te lo está diciendo: Instantes, pedazos de realidad, el momento, esa cosa que no vuelve.

Nacho volvió a darse cuenta de mi cara. Resignado, negó con la cabeza y se abrigó del viento. Un par de hojitas secas le cayeron sobre el pulòver.

-A ver-rebobinó-.Para que me entiendas, sería como manipular el tiempo. “Cazar” la vivencia y regresarla tal cual sucedió, cuando se te antoje.

-¡Ah, una Máquina del tiempo! –reí-. ¡Dejáte de joder!

Me puteó un rato largo. Que no era una Máquina del Tiempo, o sí, pero no para viajar, intentó explicarme después con nervios mal refrenados, de esas paciencias que se fabrican de apuro.

Esperé un buen rato a que se calmara del todo. Recién entonces me animé con la otra pregunta.

-Gordo, ¿pensás realmente que alguien vaya a interesarse en tu máquina?

Justo mi hija salía con Rocío, poniéndole un mate en las manitos, “llevále al abuelo”, cuidando de que no tropezara.

Había que verlo a Nacho, totalmente abstraído del entorno, con la vista clavada en la punta de la bombilla que se acercaba, como si fuera un instrumento de hipnosis. Cada vez que se queda así congelado, significa una sola cosa: está pergeñando algo grueso.

Rocío me alcanzó el mate, “má, elo”, y le empezó a sacar las hojitas del pulóver al gordo, que en ese momento reaccionó y me susurró al oído:

-¿Vos sabés la plata que podemos hacer con esto? ¿Sabés la plata?

 

4 - TARDE

 

Caigo en casa un rato antes de los primeros tiros. Esta noche vienen de aquí nomás, del lado del centro. Como cada vez que llego a esta hora, Julia me mira de lejos y me dice que no aprendo más, que si en vez de hacer algo productivo me la paso en lo del gordo, dejándome seducir por sus versos baratos, voy a comer siempre pasticho en vez de sopa.

-Y yo también, por esperarte -agrega-. Además, vos nunca sos consciente del riesgo. Hoy, sin ir más lejos, pasaron dos en un auto, despacito, mirando mucho para acá. No me gustaron nada esas caras.

Mientras tratamos de tragar el pasticho, recordamos una vez más la historia de por qué le pusimos Nacho. O sea, lo recordamos mi hija y yo; a Julia le produce urticaria todo lo que tenga que ver con el gordo. Sobre todo cuando escucha por centésima vez la historia de cómo cualquiera caería en el lugar común de un “Ignacio”, y de lo acertados que estuvieron los padres al bautizarlo antes de nacer con un premonitorio “Inocencio”.

-¿Sabés una cosa, Julia? De lo que el gordo me explicó ayer no entendí un carajo, pero lo tiene todo calculado. Como por la puerta ese monstruo no pasa le pregunté cómo va a hacer para sacarlo por el ventanal, cuando lo encienda mañana.

-¿Y qué te contestó?-

-“¡Despertate, salame!”. Dice que no hace falta sacarla del galpón: se activa por control remoto. ¡La verdad que se las piensa todas, eh!

-Tu amigo está cada día más chiflado. Y vos encima le prestás atención.

Los tiros siguen perforando el silencio. Por suerte Rocío sigue dormidita; no creo que se sobresalte. Para que se duerma mirando los dibujitos, debe estar muy cansada.

Después del último bocado me voy a acostar antes que los demás. Mañana quiero levantarme temprano.

  

5 - EL ÍDOLO

 

¿Cómo me tendría que sentir? ¿Debería considerarme un privilegiado, con el orgullo de asistir a la prueba de fuego de la mayor conquista de la tecnología? ¿O acaso tener una dosis de recelo y precaución por los posibles daños colaterales?

Con el sol a máximo brillo y un azul sin nubes lustrado por la brisa, el Otoño llega sin que su antecesor termine de diluirse del todo, acusado únicamente por el suave declive de la temperatura a lo largo de los días. Como si de algún modo el Verano, para convertirse en la estación ideal, se hubiera despojado de todos sus agobiantes vicios.

El surco en la avenida que me lleva a lo de Nacho ya es un riel, pero las cinco cuadras me parecen cada vez más largas a medida que las transito... Por ahí es la impaciencia, pero se me hace que el gordo empezó sin mí y está trastocando las coordenadas espacio-tiempo, estirando y estirando los metros de vereda cada vez más. De repente Nacho, el siempre subestimado Nacho, empieza a cobrar con retroactividad toda la importancia que merece. La única persona capaz de cristalizar por fín el viejo sueño de la Humanidad. El ídolo que cien años después logra poner en práctica las ideas de mil nueve cincuenta del visionario Bioy Casares: la mismísima encarnación de Morel. Voy a tener que otorgarle el título de inventor, nomás.

Cuando llego, la vecina de Nacho me llama desesperada. Tiene cara de haber despertado con una araña en su almohada.

-¿Ya habló con su amigo? ¿Se enteró?

Al vuelo le contesto que voy para allá. Lo único que quiero es llegar rápido al galpón. “Ahora sí estamos fritos”, pienso. “Seguro que este boludo hizo desaparecer media manzana en la nada y ni siquiera me avisó”.

Esquina del almacén. Los tres pibes del otro día ahora son cinco. Veo que uno de ellos lo codea al de al lado y me señala con el mentón. Algo me grita de pelear, empuña una botella y la rompe contra el escalón del negocio.

Ahí está Nacho, en la vereda.

-¡Dale, pasá!- me mete al pasillo tirándome de la camisa.

Recién cuando estoy dentro le veo la cara con atención. Mierda, parece diez años más viejo.

-¿Qué pasa, gordo?

Él termina de cerrar el portón, poniendo en sordina los insultos del pibe.

-¡Contá, che! ¿La encendiste? ¿Qué pasó?

Ya se sabe que el pasillo es muy largo. De tanto en tanto me pongo a pensar en eso. Ahora, por ejemplo, que me doy cuenta de lo que me duelen los pies. Y de lo que dura Nacho sin hablar. Lo único que se escucha son las patadas del pibe al portón allá atrás, y nuestros pasos. Éste se debe haber mandado alguna grande…

-¿Vos querías saber cómo la iba a sacar del Laboratorio?- me pregunta con una mano en el picaporte.

Está mal dicho Laboratorio. Esto es zona de desastre.

-Lo que no se pudieron llevar lo hicieron mierda- redunda, tratando de hacer coincidir los pedazos de una plaqueta electrónica. Lo hace triste, casi cariñosamente. El contraste de sus dedos gruesos con la fragilidad del circuito.

En el momento busco algo adecuado para decirle, como ser:

Opción 1)-¿A qué hora pensás que fué?

Opción 2) –Yo te dije, gordo. Esa ventana es muy grande y no tiene reja. Vos no me diste bola.

Opción 3) - Pero… ¿cómo? ¿No sonó la alarma?

Opción 4)- Lo que pasa es que tenés el galpón muy lejos de la casa: no escuchaste nada.

Pero elijo la número cinco.

-¿Por qué no te venís a tomar un vino a casa?

Sin embargo no me escucha. Le volvió a pasar: quedó como hipnotizado, esta vez con la plaqueta. Y parece haber recuperado su verdadera edad.

 

6 - RATAS

 

Hace rato que no voy a verlo a Nacho, desde lo del robo. Si hay algo que me acobarda es el frío; me quedaría los cuatro peores meses adentro, hibernando. Pero voy a tener que visitarlo yo, como siempre, porque si espero que aparezca él...

Hará dos meses, para los cinco añitos de Rocío, me contaba por teléfono lo de las tramperas.

¡Ya estoy podrido de las ratas! -chillaba-. Vienen de todas partes, me invaden, destrozan la madera, el papel, traen pestes... ¡No voy a permitir que se me metan como Pancho por su casa, no señor!

Me habló de que ya tenía el diseño de una trampera “antifuga”, una jaula en la que iban a morir de hambre. Al mismo tiempo desarrollaría un veneno para las que no cayeran dentro.

Como a la semana de esto sonó el teléfono a medianoche. Atendió Julia y me lo pasó enseguida, frunciendo la cara. Sí: Nacho le había ganado la batalla a las apestosas. Me contó que en la trampera había cuatro, y por los alrededores panza arriba otras tres, intoxicadas, conservando en el rostro la misma “expresión maléfica” que tenían las de la jaula.

Me dijo que no iba a tocar nada hasta la mañana siguiente, momento en que me volvió a llamar decepcionado, lamentándose de que las de adentro habían aprendido a burlar el mecanismo, y las de afuera se habían repuesto; unas y otras, fugadas en el transcurso de la noche.

  

21/07/2003

Corregido: 23/02/2008

ENRIQUE G. BUKACZEWSKI
e-mail: enrique.g.b@gmail.com

 

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REMINISCENCIAS (Cosas Del Nono)

 

“A mí me cuesta imaginar cómo se vivía en aquellos tiempos. El abuelo (o debería decir mi bisabuelo) parece tener una memoria extraordinaria a pesar de sus años, pero yo no lo comprendo. Digo ‘parece’, porque a veces pienso que desvaría.”

“siempre me cuenta:

-¡Aaah! En ese entonces había tantos, pero tantos animales, que uno siempre se olvidaba de alguno al querer enumerarlos.

“¿Es que realmente habría tantos?

“También dice:

-… y había muchas plantas y árboles; es cierto que para ese entonces eran sólo la mitad de los que hubo antes, pero sin embargo… ¡Sí señor! En mi juventud era un deleite todo aquello. Y los ríos, y los arroyos… A uno se le inundaba de paz el alma cuando metía las patas en el agua, mientras miraba los pececitos de colores.

“¿A qué se referirá con ‘pececitos’ o ‘meter las patas en el agua’?

-Pero ahora todo es diferente, ¿sabés? –se amarga-. Empezaron… mejor dicho, siguieron con el Desierto del Amazonas. Poco a poco los ricos y los empresarios pusieron allí sus fábricas y sus mansiones… Y ya no volvió a ser lo mismo. Los árboles se fueron esfumando, y los animales siguieron su suerte, pobrecitos. ¡Ya los venían castigando desde hacía rato, esos atorrantes!

“¡El Nono…! A veces habla de algo que según él ya no se puede sacar de ninguna parte. Creo que lo llama ‘materia prima’, o algo así. Además nombra cosas tan raras… ‘flores’, ‘selva’… Él dice que es como lo que aparece en la Enciclopedia. (Hablando de eso, yo me pregunto qué esperan para fabricar Enciclopedias nuevas. Cada vez que quiero fijarme algo en ésta, me quedo con un pedazo de papel en la mano. Ya está que se deshace. ¿Tanto les costará fabricar papel?)

“O quizá sea como en el cuadro lo que el Nono me cuenta (ya no sé dónde ponerlo, no se quiere quedar quieto.)

“Pobre Nono, siempre anda quejándose.

-Es así, querido –dice. Vos sos jóven y tal vez no comprendas a éste viejo. Aunque debe ser que tanto, tanto calor, todo el bendito año, ya no me deja pensar con claridad y empiezo a hablar pavadas…

“En fin. Cosas del Nono.”

 

Ni bien terminó de escribir en su Diario (una esquina de la pared), trató de acomodar por quinta vez el cuadro del paisaje de montaña, que se le había caído en la cabeza. No había forma de mantenerlo colgado, al menos no sin un clavo. De pronto se detuvo y giró la cabeza para escuchar mejor: había dejado de llover.

Decidió entonces salir a caminar un rato. Corrió la antorcha a un costado, sacó las piedras de la entrada de la caverna y se asomó a la pegajosa acidez nocturna, después de quince días de encierro forzoso.

 

Versión: 27/6/2008

ENRIQUE G. BUKACZEWSKI
e-mail: enrique.g.b@gmail.com

 

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GENTE DEL OTRO LADO

 

  - ... pero me voy a lastimar!- dijo Amilcar.

 - No seas maricón, si ahí no hay ramas.- le contestó Yelo sonriéndose.- ¿Vos querés que lo armemos o no?

 - Más bien. Pero no te creo nada.

 - Bueno, esperá que vuele y lo vean del otro lado. Después me contás.

 Y qué otra opción le quedaba al Amilcar que aceptar lo que el otro mandaba, sólo porque era el mayor. Siempre terminaba siendo él quien hacía el trabajo sucio.

El cañaveral brillaba lustroso bajo el sol de la primera tarde, en el terraplén del viaducto donde el tren ya no pasaba. El Amilcar se hizo lugar entre la maleza.

 - Tomá ésta- dijo alcanzándole la segunda caña, más larga que la primera.

 - ¡Está buenísima!- se entusiasmó Yelo. -¡Con ésta sabés cómo va a volar?! ¡En todo Pueblo Largo habrán visto nunca algo así! Vamos a llevarlas para abajo y lo empezamos a armar. Ya con éstas nos alcanza y sobra.

 El Amilcar sonrió con todos sus flamantes dientes definitivos. Empezaba a tomar conciencia de que estaban haciendo algo importante. Observaba a Yelo casi con devoción, que generalmente no tardaba en desvanecerse ni bien éste lo mandaba a hacer algún trabajo insalubre. Aunque después, siempre había compensación. De vez en cuando se llevaba la mano al bolsillo derecho y apretaba fuerte el papel que llevaba. Se sentía importante.

 De a poco fueron bajando del terraplén con las cañas, alejándose del cráter que partía en dos al viaducto, una mordida de dragón que a ésta altura le quitaba sentido al nombre de Pueblo Largo.

 - ¿Vos decís que si hay gente del otro lado lo van a ver cuando lo remontemos?

 - ¡Y cómo no lo van a ver si va' ser el más grande del mundo, y va' volar bien alto! Es como yo te digo, del otro lado del Aujero también vive gente. Sólo tenemos que mostrar que estamos para que ellos también se hagan ver. Si deben creerse que acá no vive nadie...

 - ¿Pero la abuela no se acuerda? Ella se tiene que acordar qué pasó.

 - No, ya te expliqué que no. Nadie se acuerda en el Pueblo. Nosotros sí sabemos porque tenemos el recorte.

 Al Amilcar lo alegraba que, a pesar de que siempre lo mandoneara, Yelo le contara cosas importantes. Él siempre conocía todo de todo, y además le confiaba objetos valiosos: "Cuidalo, no lo pierdas".

 Acordándose del relato de Yelo, sacó otra vez el recorte de diario y se imaginó que sabía leer las letras. Siguieron caminando hacia las casas, bajo el sol cálido.

 - ¿Y cómo lo vamos a armar?- preguntó el Amilcar.

 - Yo te voy a enseñar cómo. Vos andá y conseguÍ el papel, que yo me ocupo del armazón.

 

 El sol naranja de la última tarde alarga las sombras, profundizando aún más el cráter y recortando las siluetas de Yelo y el Amilcar, sentados en el borde. Con los colores de Arco Iris y su cola larguísima, el barrilete más grande jamás construído en Pueblo Largo flota sobre sus cabezas, muy arriba en el azul.

 

Versión: 19/4/2009

ENRIQUE G. BUKACZEWSKI
e-mail: enrique.g.b@gmail.com

 

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