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NACHO EL CAZADOR
1 - OCURRENCIA
Siempre me pasa lo mismo Cuándo será
el día en que no vuelva de noche... es que me da no sé qué cortarle el
monólogo a Nacho.
Me pregunto desde qué época venía el
gordo incubando lo de la máquina. Antes fue la bicicleta con velas, y
antes el reloj pulsera de sol, y antes... Podría remontarme hasta el
Bicentenario, aunque si para esa época no pudo inventar los superfuegos
artificiales para los festejos, es porque todavía no había nacido.
Sólo espero que esta vez la puesta en
marcha sea más exitosa. O por lo menos que sea puertas adentro, no como
fue con la bicivela, Plaza Jacarandá a mitad de Agosto y un viento
insaciable que tumbaba carteles, y encima la disyuntiva sobre a qué
tenerle más miedo: a tentar a la suerte exponiendo así el vehículo o a que
vieran a dos tipos grandes haciendo papelones, Sobretodo cuando llegó esa
racha de viento cruzando el mástil trasero que se quiebra, la vela de cola
enredándosele a Nacho en la cabeza, y los dos sin fuerzas por cagarnos
tanto de risa.
Bicivela, vaya y pase; después de
todo logró hacerla funcionar. ¡Pero una Máquina de Capturar Instantes…!
La Luna blanquea la mitad de la
calle. Debo parecer un marciano o un demente, las ocho de la noche y
todavía dando vueltas por ahí.
Por fín llego a mi vereda y noto cómo
me mira ése que está apoyado en el árbol. Y claro, andar a esta altura de
la noche exhibiendo las zapatillas de lona, tan suelto de cuerpo, no es ni
de marcianos ni de dementes: es de irresponsables.
2
- CASILLERO
Hace mucho, muchísimo tiempo que
busco el casillero en donde ubicar a Nacho. ¿Inventor? Para eso es
necesario que le hayan funcionado al menos la mitad de las invenciones.
¿Loco? No, tampoco es para tanto. ¿Bohemio? Sí, puede ser, pero...
Soñador. eso estaría más acertado.
Aunque pensándolo bien, tampoco reúne todas las condiciones: ni mente
dispersa ni espíritu romántico; únicamente las ilusiones del cambiar el
mundo con un par de transistores. Bah, eso no lo digo yo, lo dice Julia.
Todas las noches cuando vuelvo a casa, después de retarme porque me dejo
entretener con la cháchara del gordo.
Me dirijo a lo de Nacho por inercia,
siguiendo el surco que hice durante años. Esta galería natural, una hilera
de árboles que cubre las cinco cuadras de avenida desde la estación hasta
su calle. Doblo la esquina y paso el almacén hasta la segunda casa. Toco
timbre y espero bastante. Toco timbre de nuevo.
-¿No saben si está Nacho?- les
pregunto a tres pibes que toman cerveza en la puerta del almacén. Ellos me
miran fijo desde el piso, pero ninguno contesta.
Pensé que ya no venías- escucho más
allá.- A las cinco, te dije.
-¿Y qué hora es?
-Cinco y cuarto.
Me olvidaba: desde que le falló el
reloj pulsera de sol, anda obsesionado con la puntualidad.
A lo largo del pasillo, mientras lo
sigo rumbo al galpón (el “laboratorio”), el gordo desgrana explicaciones.
-Ya está casi terminada, ahora la vas
a ver. ¡No sabés lo que peleé para conseguir todo! Al principio los del
desarmadero no me querían hacer precio, pero como los amenacé con irme
hasta la feria de Serrano, al final aflojaron un cuarenta. Saben bien
dónde les aprieta el zapato, estos desgraciados; sin mí se pierden la
mitad de las ventas. Decí que la feria me queda lejos, porque sino...
A la explicación de negocios le
siguen los detalles técnicos, descripciones, componentes conseguidos y por
conseguir. El pasillo es larguísimo y Nacho no para de hablar. Yo pienso
que este atorrante lo hizo así de largo a propósito, para poder lucir el
discurso preliminar de cada invento con las visitas, antes de la muestra.
¿Cómo interpretar los arranques que
tiene a veces? Por ejemplo el día en que Rocío se largó a caminar (ya está
el abuelo baboso). Me acuerdo de que la llevamos al parque de diversiones,
y en todo ese rato el tipo no dejó de encontrarle defectos al sistema de
compra-venta. ¡El sistema de compra-venta, nada menos! Según él, había (o
hay) que cambiarlo porque así como está no sirve.
- Vos fijáte- se posesionó-. Hoy
Fulano se compra un televisor, o una cortadora de césped o lo que se te
ocurra. mañana los muchachos del fondo, los de este barrio o de cualquier
otro, lo rescatan y se lo venden a Mengano. Pasado, ese mismo televisor o
cortadora vuelve a ser rescatado y pasa a Zutano, y así sucesivamente, sin
contar los que tuvieron que comprar Fulano y Mengano por esa misma vía
para recuperarlos, y que a su vez el primer televisor de Fulano ya era de
alguien… ¡No puede ser, viejo! ¡Alguien tiene que hacer algo, o el parque
de artefactos va a terminar envejeciéndose!
Siempre que tengo que explicar una
obviedad, lo primero que me sale es una guarangada, así que preferí usar
la didáctica. Tardé un minuto largo en armar la respuesta.
-Decíme, Nacho: ¿Cuánto hace que no
se fabrican bienes?
-Qué se yo...Desde que el tren dejó
de ser eléctrico, por lo menos.
-Bien. ¿Y no te parece, digo, se me
ocurre, que con lo poquito que se importa ya es suficiente para la
renovación cada tanto?
-Sí, puede ser, pero...
-¿Y no te parece también que con la
competencia de precios entre los muchachos el comprador siempre sale
ganando? Sin contar el regateo. ¿O preferís que vuelvan los negocios con
vidriera?
El gordo dejó que mis palabras
escurrieran de a poco antes de responder.
-Perfecto. Competencia de precios,
regateo, bla bla bla. Pero yo voy a otra cosa.
Ahí colgué los botines. La “otra
cosa” de Nacho podía ser cualquier cosa, así que me dispuse a buscar en
silencio la excusa justa para zafar, porque cuando el gordo se empaca...
Yo la estaba llevando a Rocío sobre
los hombros, muerta de risa porque me había enchastrado con helado. En ese
entonces Nacho todavía no hablaba sobre capturar instantes.
Afortunadamente, el sol que declinaba
y los pocos chicos que iban quedando en los juegos, que giraban cada vez
más lento, me dieron la excusa que buscaba:
-Vamos que oscurece.
Ahora, cuando Nacho está a punto de
abrir la puerta del Laboratorio y agrega no sé qué cosa de un emisor de
onda corta, me distraigo pensando que sí, que todo junto: inventor, loco,
bohemio y soñador. Aunque a esta altura qué sentido tendrá que me lo siga
preguntando.
3
- CAPTURA
Ir a pie a todos lados por falta de
la moneda para el colectivo, es buena terapia para combatir el stress del
desempleo. Todavía tengo diez cuadras para que se me asiente en la cabeza
todo lo que me mostró y explicó el gordo en esa habitación llena de
circuitos, aunque ni diez cuadras ni diez kilómetros me alcanzarían; nunca
me llevé con la ciencia y la tecnología.
Parece tener razón- al menos está muy
confiado-,pero no entiendo de qué manera piensa modificar las leyes que
inventó Einstein para que el tiempo transcurra, o por qué los cables, ese
atado de tallarines multicolores, coiciden todos en una antena parabólica,
de esas que se usaban para televisión. O cómo dentro de dos días, según
tiene planeado, piensa encender la máquina sin sacarla del galpón.
Por la avenida, las tejas de los
chalets y los árboles relucen con el tono dorado del atardecer. La hora en
que las hadas todavía duermen, dice siempre Nacho.
Entro en Plaza Jacarandá justo por el
sendero en que probamos la bicivela, hará dos años. Me lo hizo recordar un
tipo en bicicleta que casi me atropella. Lleva un cortarrejas en el
portaequipaje, de algún lado lo están llamando a los chiflidos.
La primera vez que Nacho me mostró el
proyecto de su máquina, estabamos en el jardín de casa. A juzgar por cómo
reaccionó, se me debe haber notado la cara de escéptico, amén de la
pregunta.
-¿Y qué uso le darías?-dije.
-¿¿Cómo qué uso??-levantó presión-.
Si te digo que es una Máquina de Capturar Instantes, ¿¿para qué te parece
que puede servir??
-Te entiendo, Nacho, pero eso ya
existe -me volvió a salir el instructor-. Son de este tamaño -saqué el
paquete de cigarros-, no como el mastodonte de tu dibujo.
El gordo resopló, hizo un alto como
para juntar paciencia, se acomodó en el tronco.
-Vos hablás de capturar nada más que
imágenes.
-Y también sonido...
-¡Sí, sí, pero yo te hablo de algo
que va mucho más allá! O mejor dicho, más acá. El nombre te lo está
diciendo: Instantes, pedazos de realidad, el momento, esa cosa que no
vuelve.
Nacho volvió a darse cuenta de mi
cara. Resignado, negó con la cabeza y se abrigó del viento. Un par de
hojitas secas le cayeron sobre el pulòver.
-A ver-rebobinó-.Para que me
entiendas, sería como manipular el tiempo. “Cazar” la vivencia y
regresarla tal cual sucedió, cuando se te antoje.
-¡Ah, una Máquina del tiempo! –reí-.
¡Dejáte de joder!
Me puteó un rato largo. Que no era
una Máquina del Tiempo, o sí, pero no para viajar, intentó explicarme
después con nervios mal refrenados, de esas paciencias que se fabrican de
apuro.
Esperé un buen rato a que se calmara
del todo. Recién entonces me animé con la otra pregunta.
-Gordo, ¿pensás realmente que alguien
vaya a interesarse en tu máquina?
Justo mi hija salía con Rocío,
poniéndole un mate en las manitos, “llevále al abuelo”, cuidando de que no
tropezara.
Había que verlo a Nacho, totalmente
abstraído del entorno, con la vista clavada en la punta de la bombilla que
se acercaba, como si fuera un instrumento de hipnosis. Cada vez que se
queda así congelado, significa una sola cosa: está pergeñando algo grueso.
Rocío me alcanzó el mate, “má, elo”,
y le empezó a sacar las hojitas del pulóver al gordo, que en ese momento
reaccionó y me susurró al oído:
-¿Vos sabés la plata que podemos
hacer con esto? ¿Sabés la plata?
4 -
TARDE
Caigo en casa un rato antes de los
primeros tiros. Esta noche vienen de aquí nomás, del lado del centro. Como
cada vez que llego a esta hora, Julia me mira de lejos y me dice que no
aprendo más, que si en vez de hacer algo productivo me la paso en lo del
gordo, dejándome seducir por sus versos baratos, voy a comer siempre
pasticho en vez de sopa.
-Y yo también, por esperarte
-agrega-. Además, vos nunca sos consciente del riesgo. Hoy, sin ir más
lejos, pasaron dos en un auto, despacito, mirando mucho para acá. No me
gustaron nada esas caras.
Mientras tratamos de tragar el
pasticho, recordamos una vez más la historia de por qué le pusimos Nacho.
O sea, lo recordamos mi hija y yo; a Julia le produce urticaria todo lo
que tenga que ver con el gordo. Sobre todo cuando escucha por centésima
vez la historia de cómo cualquiera caería en el lugar común de un
“Ignacio”, y de lo acertados que estuvieron los padres al bautizarlo antes
de nacer con un premonitorio “Inocencio”.
-¿Sabés una cosa, Julia? De lo que el
gordo me explicó ayer no entendí un carajo, pero lo tiene todo calculado.
Como por la puerta ese monstruo no pasa le pregunté cómo va a hacer para
sacarlo por el ventanal, cuando lo encienda mañana.
-¿Y qué te contestó?-
-“¡Despertate, salame!”. Dice que no
hace falta sacarla del galpón: se activa por control remoto. ¡La verdad
que se las piensa todas, eh!
-Tu amigo está cada día más chiflado.
Y vos encima le prestás atención.
Los tiros siguen perforando el
silencio. Por suerte Rocío sigue dormidita; no creo que se sobresalte.
Para que se duerma mirando los dibujitos, debe estar muy cansada.
Después del último bocado me voy a
acostar antes que los demás. Mañana quiero levantarme temprano.
5 - EL
ÍDOLO
¿Cómo me tendría que sentir? ¿Debería
considerarme un privilegiado, con el orgullo de asistir a la prueba de
fuego de la mayor conquista de la tecnología? ¿O acaso tener una dosis de
recelo y precaución por los posibles daños colaterales?
Con el sol a máximo brillo y un azul
sin nubes lustrado por la brisa, el Otoño llega sin que su antecesor
termine de diluirse del todo, acusado únicamente por el suave declive de
la temperatura a lo largo de los días. Como si de algún modo el Verano,
para convertirse en la estación ideal, se hubiera despojado de todos sus
agobiantes vicios.
El surco en la avenida que me lleva a
lo de Nacho ya es un riel, pero las cinco cuadras me parecen cada vez más
largas a medida que las transito... Por ahí es la impaciencia, pero se me
hace que el gordo empezó sin mí y está trastocando las coordenadas
espacio-tiempo, estirando y estirando los metros de vereda cada vez más.
De repente Nacho, el siempre subestimado Nacho, empieza a cobrar con
retroactividad toda la importancia que merece. La única persona capaz de
cristalizar por fín el viejo sueño de la Humanidad. El ídolo que cien años
después logra poner en práctica las ideas de mil nueve cincuenta del
visionario Bioy Casares: la mismísima encarnación de Morel. Voy a tener
que otorgarle el título de inventor, nomás.
Cuando llego, la vecina de Nacho me
llama desesperada. Tiene cara de haber despertado con una araña en su
almohada.
-¿Ya habló con su amigo? ¿Se enteró?
Al vuelo le contesto que voy para
allá. Lo único que quiero es llegar rápido al galpón. “Ahora sí estamos
fritos”, pienso. “Seguro que este boludo hizo desaparecer media manzana en
la nada y ni siquiera me avisó”.
Esquina del almacén. Los tres pibes
del otro día ahora son cinco. Veo que uno de ellos lo codea al de al lado
y me señala con el mentón. Algo me grita de pelear, empuña una botella y
la rompe contra el escalón del negocio.
Ahí está Nacho, en la vereda.
-¡Dale, pasá!- me mete al pasillo
tirándome de la camisa.
Recién cuando estoy dentro le veo la
cara con atención. Mierda, parece diez años más viejo.
-¿Qué pasa, gordo?
Él termina de cerrar el portón,
poniendo en sordina los insultos del pibe.
-¡Contá, che! ¿La encendiste? ¿Qué
pasó?
Ya se sabe que el pasillo es muy
largo. De tanto en tanto me pongo a pensar en eso. Ahora, por ejemplo, que
me doy cuenta de lo que me duelen los pies. Y de lo que dura Nacho sin
hablar. Lo único que se escucha son las patadas del pibe al portón allá
atrás, y nuestros pasos. Éste se debe haber mandado alguna grande…
-¿Vos querías saber cómo la iba a
sacar del Laboratorio?- me pregunta con una mano en el picaporte.
Está mal dicho Laboratorio. Esto es
zona de desastre.
-Lo que no se pudieron llevar lo
hicieron mierda- redunda, tratando de hacer coincidir los pedazos de una
plaqueta electrónica. Lo hace triste, casi cariñosamente. El contraste de
sus dedos gruesos con la fragilidad del circuito.
En el momento busco algo adecuado
para decirle, como ser:
Opción 1)-¿A qué hora pensás que fué?
Opción 2) –Yo te dije, gordo. Esa
ventana es muy grande y no tiene reja. Vos no me diste bola.
Opción 3) - Pero… ¿cómo? ¿No sonó la
alarma?
Opción 4)- Lo que pasa es que tenés
el galpón muy lejos de la casa: no escuchaste nada.
Pero elijo la número cinco.
-¿Por qué no te venís a tomar un vino
a casa?
Sin embargo no me escucha. Le volvió
a pasar: quedó como hipnotizado, esta vez con la plaqueta. Y parece haber
recuperado su verdadera edad.
6 -
RATAS
Hace rato que no voy a verlo a Nacho,
desde lo del robo. Si hay algo que me acobarda es el frío; me quedaría los
cuatro peores meses adentro, hibernando. Pero voy a tener que visitarlo
yo, como siempre, porque si espero que aparezca él...
Hará dos meses, para los cinco añitos
de Rocío, me contaba por teléfono lo de las tramperas.
¡Ya estoy podrido de las ratas!
-chillaba-. Vienen de todas partes, me invaden, destrozan la madera, el
papel, traen pestes... ¡No voy a permitir que se me metan como Pancho por
su casa, no señor!
Me habló de que ya tenía el diseño de
una trampera “antifuga”, una jaula en la que iban a morir de hambre. Al
mismo tiempo desarrollaría un veneno para las que no cayeran dentro.
Como a la semana de esto sonó el
teléfono a medianoche. Atendió Julia y me lo pasó enseguida, frunciendo la
cara. Sí: Nacho le había ganado la batalla a las apestosas. Me contó que
en la trampera había cuatro, y por los alrededores panza arriba otras
tres, intoxicadas, conservando en el rostro la misma “expresión maléfica”
que tenían las de la jaula.
Me dijo que no iba a tocar nada hasta
la mañana siguiente, momento en que me volvió a llamar decepcionado,
lamentándose de que las de adentro habían aprendido a burlar el mecanismo,
y las de afuera se habían repuesto; unas y otras, fugadas en el transcurso
de la noche.
21/07/2003
Corregido: 23/02/2008
ENRIQUE G. BUKACZEWSKI
e-mail:
enrique.g.b@gmail.com
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